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Buenos Aires, Viernes 15 de Diciembre de 2017 -  04:46 pm 
CULTURA

21-11-2017

El plan para convertir a Benoit en Virrey de Buenos Aires


El mito existió desde que tengo memoria: Pedro Benoit, autor de la traza urbana de La Plata, era hijo de Luis XVII, el delfín de Francia: su padre Pierre, aparecido en Buenos Aires en 1818 con una carta de recomendación de Napoleón, habría sido el hijo de María Antonieta y Luis XVI, y no habría muerto a los 8 años de tuberculosis, como señala la versión oficial, sino que habría sido escondido en Calais, donde fue criado apartado de la Revolución que había derrocado el reinado de sus padres.

La historia, alimentada por numerosos detalles (pistas en la firma de Pierre, la misteriosa muerte del supuesto heredero del trono, envenenado tras la visita de un misterioso caballero francés), circuló de forma oral en la Ciudad y no se detuvo incluso cuando pruebas de ADN indicaron que el Delfín había muerto en aquella cárcel, de muy jovencito. Porque, claro, cuando hay poder, dinero y capital simbólico en el medio, todo es proclive al complot y la mentira.

“Algunos dicen que era un fabulador, que Benoit vino a Argentina en una época donde no había mucha información, dijo que era el heredero del trono francés y eso le abrió muchas puertas. Pero otros están convencidos de que era él”, cuenta Luis Bernárdez, realizador de “Los Corroboradores”, filme que retrata el intento de un grupo de ilustres de la francófila Generación del 80 de convertir a Buenos Aires en “la París del Plata”, escindirse de Argentina y constituir allí un anexo francés con el Virrey Pedro Benoit, hijo de Pierre, a la cabeza. ¿Documental? ¿Ficción? ¿Paranoia? Bernárdez elige explicar que, aunque no haya pruebas, todo es “factible”.

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“Los Corroboradores”, parte de la competencia argentina del 32° Festival Internacional de Mar del Plata, comienza con una pregunta: ¿por qué tantos edificios de Buenos Aires son idénticos a París? Una periodista francesa se contacta con los realizadores de la película y dice tener una respuesta que esconde enigmas y peligro: así, la cinta extraña paulatinamente ese inicio documental y juega con lo real y lo ficcional (¿qué es, sino, el mito?), mientras retrata la persecución sufrida en el presente por la mujer gala por develar un supuesto complot digitado por un grupo compuesto por personalidades como Roca, Cané o Joaquín V. González.

Un juego propio del género del “falso documental”, aunque a Bernárdez no le gusta esa etiqueta: “Tiene una denotación de mentira, pero la película tensiona esto de la factibilidad, hay tanto de verdad y de factible”, explica, y prefiere llamara “una ficción documentada” donde el código del documental (las “cabezas parlantes”, la narración en off, el archivo) aparece con claridad “para generar un verosímil”, pero que paulatinamente se transforma en un policial negro a medida que la paranoia aumenta, una experimentación con las formas que el director dice haber basado en “las novelas de César Aira, que empiezan de una manera y terminan en cualquier lugar: me gustaba que la película terminara en cualquier lugar, que no mantuviera esa forma”.

Pero la desviación no es disparate sino una peligrosa ficción que resuena en varios niveles con la realidad: “Todo lo que se cuenta son hechos que ocurrieron, con la mirada levemente corrida”, revela. Efectivamente, aquellos edificios fueron construidos a imagen y semejanza de los parisinos, a pedido de la elite francófila local que incluso hacía traer los materiales originales desde el otro lado del océano.

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Aquella elite fundó y propagó mitos modernos sobre lo nacional y lo porteño que siguen hasta hoy, desde nuestra supuesta filiación europea antes que latinoamericana hasta ciertas nociones liberales, pasando por “ese sentirse invadidos por los que son distintos, los que no representan el ideal de lo que quieren ser”.

Y aquellos hombres efectivamente delineaban el rumbo del país desde el exclusivo y misterioso Jockey Club (nuestro propio Bohemian Grove), eran en efecto muy influyentes en la vida nacional, y “querían mudar París a Buenos Aires”.

“La película habla en ese sentido sobre la identidad”, analiza el cineasta, que opina que “el porteño siempre quiso otra cosa” y que “hay algo allí que no está resuelto”. Y también, dice Bernárdez, es una cinta sobre la autoridad, el poder: “El que te dice quien sos siempre viene de afuera. Por eso es una francesa, en francés, quien cuenta la película: una francesa que te dice cual es la realidad del país, y no un argentino”.

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“Los Corroboradores” alienta en ese sentido a una patria ya mitómana y paranoica, porque motivos para creer en un poder de las sombras no faltan.

El poder engendra la paranoia: “Mientras más leo sobre historia, más sospecho”, se ríe el cineasta, y afirma que “es el mal del lector: empezás a tejer asociaciones y todo te parece factible y sospechoso”.

Esa lectura (¿paranoica o lúcida?) de Bernárdez construye el filme: el director habla rápido, entrega mucha información por segundo y cada pensamiento dispara nuevas conjeturas, y por esos caminos transita la rizomática “Los Corroboradores”, relato que nació cuando Bernárdez leía un libro sobre historia que citaba un libro sobre la arquitectura liberal en Argentina, en la cual se describía esta mímesis de los edificios parisinos y porteños. Aquella cita lo llevó a pensar sobre el imaginario de la Generación del 80, el proyecto de país, los paralelismos con ideas presentas, y desde allí tejió su thriller filodocumental sobre arquitectura, herederos de la corona y mitos nacionales.

El proceso de investigación llevó siete años, el montaje tres años más, mientras trabajaba en otros proyectos como asistente de dirección para sostenerse: “El mapa de hilos que aparece en la película”, dice sobre el típico mapa que se asemeja al que asoma en todo filme sobre conspiraciones y une el improbable pero finalmente real entramado de una historia más extraña que la ficción, “es una metáfora de la construcción de la cinta”.

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