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Buenos Aires, Jueves 21 de Septiembre de 2017 -  12:14 am 
OPINIÓN

05-08-2017

La inseguridad es un problema educativo, el tema es de quiénes… Por Nani Pardo


Frecuentes son las frases que acusan de falta de educación a la inseguridad, cuyos protagonistas principales son generalmente los jóvenes y ahora hasta los niños.
Las argumentaciones son muy conocidas por lo instaladas que están. Señalan en líneas generales que los jóvenes tienen una marcada o natural inclinación a la rebeldía, y como tal, a los vicios como la droga y sus circuitos, aseguran que pierden contacto con la realidad y por lo tanto no les importa ni los bienes ni las vidas de los demás. Podríamos continuar con estas frases ampliamente consabidas pero solo me detengo en señalar que si se trata de un varón, seguramente es un vago, un “ni ni”, mantenido por su familia, por el Estado, una combinatoria de eso más la sospecha - certeza?- que se trata de un delincuente. Si es una chica quizás busque embarazarse – o “se deje preñar”, como dijo un conocido empresario mendocino- para cobrar la Asignación Universal por Hijo y si no lo hace, tampoco significa que sea “una buena chica” en el imaginario social.
Voy a ir directamente al punto, a los jóvenes primero se los demoniza por pobres y como tales, se les teme. Porque ese mismo joven, varón o chica, si pertenece a una clase alta, es simplemente un chico o una chica que sale, duerme, gasta y nadie le cuestiona su look ni sus costumbres.
Años de docencia e investigación me impulsan a preguntarme, y sí, la inseguridad es un problema de educación, y no solamente ese tema sino todos los demás problemas. Sarmiento decía que todo es un problema de educación y despectivamente decía que si no educamos por amor, al menos lo hiciéramos por temor. Pero esto de colocar el foco en la insipiente generación que no tiene mucho para modificar, excepto en el orden individual y con mucha suerte, cuya participación democrática en su gran mayoría se circunscribe a emitir el voto, no me conforma como respuesta.
Sí, el problema de la inseguridad es un problema de educación, pero de aquellos que tienen el poder decisional sobre los destinos de las sociedades y de los pueblos. La falta de educación es de los políticos insensibles que ostentan a diario una ignorancia supina que dejan al los “sin expectativas” con un futuro inmodificable. Por lo tanto, la condición de origen es determinante.
Sí, la gran mayoría de los políticos tienen graves problemas de educación porque demuestran incapacidad emocional emitiendo juicios, desde su situación de desigualdad superlativa y privilegiada, tales como que la pobreza y la indigencia no debe conducir a delinquir. Los pobres todos – jóvenes, trabajadores desocupados, viejos- deberían soportar silenciosa y resignadamente la situación que les toca vivir, de esa manera demostrarían con sus buenos modales tener educación. Deberían callar las tristes bocas hambrientas apretando entre los dientes una esperanza que se eterniza hasta el infinito y que jamás se cristaliza. Quisiera ver qué haría alguno de ellos en la misma situación, a sabiendas de su fenomenal egoísmo y voracidad insaciables. Seguro que “no caerían en la escuela pública”, simplemente arrebatarían y matarían sin ningún prurito.
Los políticos a los que me refiero son simplemente mal educados porque sus conocimientos carecen de la amplitud necesaria para la toma de decisiones en pos del bien común. Recibieron una enseñanza sesgada y mediocre que los consuela y les promueve su incapacidad creativa, a la vez nefasta, sucia y degradante. Solo entienden de estrategias que reproducen o potencian los males generales que los han llevado a tener una posición de clase perversamente inventada para eternizarlos en esa casta. Por eso nunca propiciarán eliminar la pobreza y la desigualdad como madre de todos los males. Odian a los pobres pero los mantienen como tales porque es justamente esa condición la que les garantiza mantener su estamento privilegiado.
Como dueños de los altoparlantes de los medios de comunicación señalan a la pobreza organizada como los siempre renovados demonios que atentan con el orden real por ellos establecidos. De esa manera, van convenciendo a la también pobre inocencia de la gente, sobre las “culpas” individuales sobre “su situación”. Así, carentes de anclajes en la memoria para disimular que ellos son los mismos y con sus mismas ideas, bregan para que la conciencia colectiva se desarticule, siendo esta la única herramienta que tiene el pueblo trabajador para sobreponerse al avasallamiento inescrupuloso y cínico de los “mandamás” de siempre.
Sueño con un día soleado en donde nos liberemos como pueblo realmente. Me gustaría que los políticos que desprecian a los jóvenes, a los trabajadores y a las chicas que tienen a su hijo, a los viejos… es decir al pueblo y carecen de la sensibilidad, el compromiso, la honestidad intelectual y moral necesarias y exigibles como condiciones mínimas para ejercer los cargos públicos decisionales, tengan la decencia de retirarse de la vida política y esconderse a vivir su egoísmo y sus ínfulas de superioridad en sus madrigueras amuralladas y pestilentes de rancia alcurnia inventada y una vez allí, cierren la puerta para que nadie escuche las barbaridades que alegremente imponen al triste presente de los habitantes de una tierra que es de todos y no solamente de su inmunda elite.

Ana María Pardo

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